Quiénes somos

La SeL se compone de una junta y de un conjunto de socios que viene creciendo desde los últimos años. Ofrecemos aquí información sobre estos dos aspectos, así como un formulario por si está interesado en formar parte de la familia leibniziana haciéndose socio.

 

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Quintín Racionero, Presidente Fundador †

Ha sido Catedrático de Filosofía en la UNED. Especialista en filosofía antigua, moderna, Leibniz, ontopraxeología y filosofía contemporánea. Fue el Presidente Fundador de la SeL.

 

Agustín Andreu Rodrigo, Presidente de Honor

Ha sido Director del Aula Atenea de la Universitat Politécnica de València (UPV). Especialista en Leibniz, Lessing y otros autores de la Ilustración alemana, así como en filosofía española.

http://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1625693

Email: ausandreu@hotmail.com


JUNTA


Concha Roldán, Presidenta

Dra. Filosofía. Profesora de Investigación del Instituto de Filosofía del CSIC. Líneas de investigación: Historia de la Filosofía, Ética, Feminismo, Filosofía de la historia. Email: roldan@leibnizsociedad.org

 

Maria Ramón Cubells i Bartolomé, Vicepresidenta

Dra. Filosofía. Profesora Titular en la Universitat  Rovira i Virgili (URV).

http://www.urv.cat/recerca_innovacio/grupsrecerca/investigadors/general-94602421.html

Email: mariaramon.cubells@urv.cat


Juan Antonio Nicolás Marín, Vicepresidente

Dr. en Filosofía. Catedrático de Universidad en la Universidad de Granada (UGr).

http://www.ugr.es/~filosofia/departamento/=nicolas-marin-ja.htm

Email: jnicolasugr.es


Manuel Sánchez Rodríguez, Secretario

Dr. en Filosofía. Investigador Ramón y Cajal en la Universidad de Granada (UGr).

http://www.ugr.es/~filosofia/departamento/=sanchez-rodriguez-m.htm

Email: msrugr.es


Pedro Pastur Alvarado, Tesorero

Gerente del Instituto de Química Médica (IQM – CSIC).

Personal

Email: pedro.pastur@csic.es / gerencia.iqm@csic.es


Roberto Rodríguez Aramayo, Vocal

Dr. Filosofía. Profesor de Investigación del Instituto de Filosofía del CSIC. Líneas de investigación: Kant, Schopenhauer, Ilustración, Filosofía moral moderna. Email: aramayo@leibnizsociedad.org

 

Juan Arana, Vocal

Dr. Filosofía. Catedrático en la Universidad de Sevilla. Líneas de investigación: Filosofía de la naturaleza, relaciones de la filosofía con la ciencia, Literatura, Religión. Email: arana@leibnizsociedad.org

 

Txetxu Ausín Díez, Vocal

Dr. en Filosofía. Científico Titular en el Instituto de Filosofía (IFS – CSIC).

http://www.cchs.csic.es/personal/txetxu.ausin

Email: txetxu.ausin@cchs.csic.es

 

Agustín Echevarría Anavitarte, Vocal

Dr. en Filosofía. Profesor Interino en Universidad de Navarra (UNAV).

http://www.unav.es/adi/servlet/Cv2.ara?personid=130544

Email: aechavarria@unav.es


Mary Sol de Mora Charles, Vocal

Dra. Filosofía. Catedrática en la Universidad del País Vasco. Líneas de investigación: Leibniz, Historia de la probabilidad, Filosofía de las matemáticas, Filosofía moderna. Email: demora@leibnizsociedad.org

 

Jaime de Salas, Vocal

Dr. Filosofía. Catedrático en la Universidad Complutense de Madrid. Líneas de investigación: Leibniz, Filosofía moderna, Filosofía contemporánea, Ortega y Hume. Email:desalas@leibnizsociedad.org

 

Ricardo Gutiérrez Aguilar, Edición Página Web

Dr. en Filosofía. Investigador Juan de la Cierva en el Instituto de Filosofía (CSIC).

http://www.ifs.csic.es/en/personal/ricardo.gutierrez

Email: ricardo.gutierrez@cchs.csic.es

 

SOCIOS DE HONOR


Yvon Belaval †

Historiador de la filosofía moderna, es autor de obras clásicas como Leibniz. Initiation à sa philosophie (Librairie Philosophique J. Vrin) y Leibniz critique de Descartes (Les Editions Gallimard).

 

Pierre Costabel †

Historiador de la filosofía y de la ciencia, es autor de numerosas obras entre las que destaca el clásico Leibniz et la dynamique (Hermann).

 

Ezequiel de Olaso †

Estudioso del escepticismo y de la literatura, es autor de numerosos ensayos filosóficos. Cabe destacar su edición Escritos de Leibniz (Editorial Charcas), y su reciente obra Jugar en serio. Aventuras en Borges (PaidósFac. Filosofía y Letras de la UNAM).

 

Albert Heinekamp †

Estudioso leibniziano, fue Director del Leibniz-Archiv de Hannover desde 1975-1989. En su producción destaca Das Problem des Gutes bei Leibniz (Bouvier Verlag).

 

Otto Saame †

Investigador heideggeriano y también Leibniziano, es autor del libro ya clásico Der Satz vom Grund bei Leibniz: Ein Konstitutives Element seiner Philosophie und ihrer Einheit, así como editor de la Confessio Philosophi (Klostermann).

 

Miguel Sánchez Mazas †

Fundador de la revista Theoria, dedicó, desde joven, buena parte de su investigación al pensamiento de Leibniz, especialmente en su faceta lógica. Es autor, por ejemplo, de Actualización de la característica universal de Leibniz (Cuadernos Universitarios de Theoria, serie B). Información sobre él en la red:http://www.filosofia.org/ave/001/a056.htm.

 

Antonio Truyol i Serra, Presidente de Honor †

Ha sido Catedrático de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales y Profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Complutense de Madrid. Fue Magistrado del Tribunal Constitucional y Vicepresidente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas.

 

Gerda Utermöhlen †

Investigadora en el Leibniz-Archiv de Hannover y editora de la Akademie-Ausgabe Reihe I, sus intereses giran en torno a la historia, la teología y la política en el Barroco.


SOCIOS


Fco. Javier Aguado Rebollo Armando Menéndez
Agustín Andreu Idelfonso Murillo
Roberto Rodríguez Aramayo Juan Antonio Nicolás
Juan Arana Bernardino Orio de Miguel
Luis Arenas Llopis Jesús Padilla-Gálvez
José María Atencia Páez Ricardo Parellada
Txetxu Ausín Juan Pellicer Flaquer
Héctor Ayala Antonio Pérez Quintana
Belinchón Elías Pino
Leticia Cabañas Pascual Pont Martínez
Leonor Cánovas Ignacio Quintanilla Navarro
Julián Carvajal Quintín Racionero
María Ramón Cubells Eloy Rada
Javier de Lorenzo Guillermo Ranea
Mary Sol de Mora Lourdes Rensoli
Jaime de Salas Ana María Rioja Nieto
Javier Echeverría Concha Roldán
Esquisabel Rogelio Rovira
Jesús Ezquerra Vicente Serrano
María Socorro Fernández-García Agustín Serrano de Haro
José Luis Fuertes Herreros Emilio Terzaga
Juan Antonio García Luis Fernando Torres Vicente
José María González Antonio Truyol i Serra
José Luis González Quirós Antonio Valdecantos
Alberto Hernández Baqueiro María Jesús Vázquez Lobeiras
Alejandro Herrera Julián Velarde Lombraña
Juan Carlos Jiménez
Gerardo López Sastre
Manuel Luna
Alejandro Martín Maldonado
Iñigo Medina García

 

INSCRIPCIÓN


Para hacerse miembro de la SeL , sólo ha de descargar este impreso (PDF, 8 Kbs). Una vez que lo haya cumplimentado, envíelo, junto con el talón, el justificante de ingreso o autorización firmada, a la siguiente dirección: Sociedad Española Leibniz, Instituto de Filosofía, CSIC, 2ª Planta, 28006, Madrid, España.

 

4 respuestas para Quiénes somos

  1. Una víctima dice:

    Ser leibniziano no mejora éticament a los filósofos. Basta ver cómo roban, acosan y reducen a la más absoluta indigencia a quien ose no someterse a sus tendencias (prioritariamebnte sádicas). Consulten con los representantes de la UPV, fieles acólitos de la Pin Up Section.

  2. Miguel Ángel Unanua Garmendia dice:

    La prueba de fuego del paso del tiempo es la resistencia a uno mismo: ni traicionarse, por exagerada fidelidad a sí mismo, ni traicionar a otro, por excesiva veleidad. Doy en interpretar de esta condensada manera unos aforismos de Rafael Sánchez Ferlosio que dan fe de su propia personalidad, con el fin de comunicar esa impresión compartida de alguien que resulta apreciable tanto por su faceta de escritor como por su persona. Es una característica que le retrata tanto a él como a Agustín García Calvo: esa entereza moral, que no se deja sobornar por el más constante de los enemigos, el paso del tiempo, con todo su peso, junto a su aliado más fiel, que no es otro que uno mismo.

    No obstante, nada queda claro todavía. Lo dicho proclama un enigma. Para echar algo de luz sobre el juicio emitido no se deben considerar contenidos específicos, ideas concretas, en cuyo caso la admiración suscrita no pasaría de ser doctrinal, sino una actitud general, un carácter, como prefiere decir el propio Rafael. El asunto se puede sopesar desde dos perspectivas convergentes al objeto de dar con las pistas de la interpretación correcta: la primera incide en la relación entre verdad y amistad, la segunda en la que haya entre las palabras y los hechos. En ambos sentidos la antigüedad procuró criterios ejemplares.

    El tópico alusivo al primer punto de vista es bien conocido, y reza que se debe mayor fidelidad a la verdad que a la amistad ―lo dijo el filósofo Aristóteles en relación a su maestro Platón. Da a pensar, de hecho, que la disensión, estando estimulada por la búsqueda de la verdad, debiera presentarse como garantía de autenticidad, tanto del juicio, como de la propia amistad: o pasa ésta dignamente por esa prueba, o no es lo que parecía ser. Posteriormente, idéntica presunción comparecerá con entidad propia dentro del discurso histórico, en su apartado metodológico, donde encontrará acomodo ese principio ético que define la actitud filosófica o, dicho sea con mayor rigor, la aptitud dialéctica. Polibio fue tajante al respecto, y si en aquella primera versión, débil por implicar relaciones meramente privadas, dicho principio implicaba compromisos de índole personal, en su segunda acepción quedará convertido en principio político, combatiendo opiniones muy arraigadas y devotamente estimadas por la tradición. Cuando el historiador se compromete a ser fiel a la verdad, por encima de la amistad, atenta contra aquel prejuicio consuetudinario según el cual se ha de favorecer al amigo y perjudicar al enemigo. Dirá Polibio que es obligación del historiador, por el contrario, alabar al enemigo y censurar al amigo si la naturaleza de sus actos así lo requiriese.

    Caer en contrariedades por decir una cosa y hacer otra, fue también una actitud denostada éticamente, aunque practicada sin pudor: el graeculus es un personaje típico de la latinidad; pero no por ello dejó de ser una actitud denunciada, cuánto más si se delataba como aptitud. Como principio ético se reconoce tempranamente la voluntad de sujetar las acciones a la palabra dada, considerando que, cualquiera que sea la intención que pueda avalar la doblez en la práctica, caer en ella conlleva una tara moral, es decir, que por muy justificable que se pudiese considerar a otros efectos, nunca quedaba a salvo de una apreciación negativa. No cabe duda de que la diferencia se muestra con toda su fuerza una vez que, como en el caso anterior, se pasa de la contemplación del principio en su acepción privada a hacerlo en otra más política. Era experiencia probada que las guerras se ganaban con la mentira, maguer fuese a costa del honor de la victoria. De tal calibre son las posiciones encontradas.

    Creo que desde ambas perspectivas, desde su convergencia, se puede a la postre dar por convenientemente explicada la veracidad de la afirmación de partida, y que a mi modo de ver justifica esa sensación de entereza y autenticidad éticamente decisorias. Contra el fondo de esa suerte de nota generacional, contrasta la que caracteriza a la generación que la sigue inmediatamente, que por muy empeñada que pueda presentarse en atenerse a esa coherencia vital, de ningún modo lo hace de manera tan resuelta y acreditada: demasiado pesa la defensa a ultranza de los comparsas, demasiado pesa la tentación odiséica… en reconocerlo se juega su dignidad, pero una dignidad más auténtica que esa que se vende como retórica del espectáculo para fomento del narcisismo más desmandado y pagado de sí mismo. Traidor a la verdad y a la palabra.

  3. Cabeza de turco dice:

    “El desprecio se manifiesta en ocasiones de forma exclusivamente verbal, pero entre seres de palabra esta es potencialmente arma temible, por cuyas heridas se exige reparación. Sea cual sea el resultado de la crisis de Siria, me atrevo a conjeturar que los términos rebaño y horda con los que un esbirro del clan familiar en el poder se refirió a las víctimas de la masacre de la Deraa acabarán pesando fuertemente en la balanza”. He aquí una frase rotunda, desconcertante y supuestamente profunda… pero a pesar de todo incierta ―del tipo de las que nos tiene acostumbrados a oír Víctor Gómez Pin. Me permito esta entrada indirecta en la revisión de la apología que se hace en este post de su ejemplaridad como modelo de prodigalidad especulativa. La alabanza se justifica en referencia a sus estudios de física y a sus aportaciones desde la perspectiva más general de la metafísica, pero esta cuña se justifica también porque él mismo no desdeña las ocasiones que se le presentan de prolongar sus reflexiones sugiriendo conexiones en el terreno de la filosofía práctica, con el convencimiento de que la continuidad reflexiva es condición de posibilidad de la fundamentación de la disciplina filosófica misma, apuntando relaciones extensivas, también en este caso, a la fuente aristotélica. Detengámonos en la proposición de partida: ¿es tan cierto eso que dice, o es más bien una aserción impactante, de esas tan propias de la retórica, cuyo objetivo inmediato es provocar un asentimiento como efecto de la estupefacción pura y sin paliativos que provoca? Algo que, apunto de paso, se vino a criticar como característico de la literatura filosófica más que de la crítica filosófica. La contraprueba no ofrece grandes dificultades: lo supuesto sería análogo a afirmar que, echando mano de ejemplos muy convencionales, una mujer se siente más herida cuando se la interpela como puta que cuando es violada, o que un hombre se siente más ofendido cuando le llaman huevón que cuando recibe una patada en salvas sean las partes: paradojas de la versatilidad. Y yo me pregunto qué es lo que explica este tipo de desvaríos especulativos, esta ceguera tan aviesa y al mismo tiempo tan asumida, si no es un empeño cerril por reafirmarse en una postura que a todas luces le traiciona por pura obcecación y afirmación de eso que por otra parte no duda en proclamar como principio ético: la renuncia a la glorificación de uno mismo, vicio que afecta en general a toda una generación pagada de sí misma y que se regodea en sus éxitos mundanos como efecto de una aparente probidad reivindicativa (y en la misma medida hipócrita) con las miras puestas en una entrega a los demás. Hacer de la inserción en el registro lingüístico un absoluto es algo tan desmandado como convertir la inmortalidad del alma en materia de denegación irónica, no ya por efecto de la sublimación de la propia muerte, sino de la propia vida. El episodio número 13 del blog del interfecto, a cuyo número precedente hacía alusión aparentemente objetiva nuestro Azúa, aporta un fundamento puramente erudito a las afirmaciones del estilo de la anotada como punto de partida: ahí muestra el filósofo un dominio histórico de la materia rigurosamente académico para dar apoyo indirecto a aserciones del estilo de las anotadas como entrada: ¿cómo dudar de su veracidad habida cuenta la profusión de referencias al tema con las que el autor cuenta y de las que da fe de manera en apariencia desinteresada? En relación a Aristóteles Víctor Gómez Pin juega con idéntico subterfugio, y no está de más sospechar que lo mismo hace en referencia a la teoría cuántica, algo acerca de lo cual no estoy en condiciones de juzgar, pero que apunto por el modo en que tiende a extrapolar las razones desde allí donde se encuentran bien encuadradas a allí donde sólo se busca reforzar supuestos de más dudosa justificación. Y lo hago conociendo las consecuencias que se siguen de tal clase de extrapolaciones, sabiendo que el primado de la convicción verbalmente priorizada convoca demonios muchísimos más sangrientos y fraudulentos que el de la acción preterida sin paliativos (basta recordar las actitudes de esa genuflexa escuela taurina de eticidad, a la cual se adscriben prosélitos por pura conveniencia pecuniaria: roban y denigran como si fuese la cosa más natural del mundo, diciendo: calma, calma…)

  4. Miguel Angel Unanua dice:

    Parto de la idea de que disentir es una forma sana y legítima de encarar las opiniones de cualquier persona, sea ésta anónima e irrelevante, o bien sea ducha y con renombre. Importa reseñar la diferencia para mejor saltar sobre ella: no nos basta la libertad de pensamiento si ha de reducirse a ejercitarla a favor de los segundos a expensas de los primeros. Soy de la opinión, al contrario, de que donde mejor se pone a prueba aquélla es contra los Señores del Foro, por decirlo de alguna manera: esos que pone en evidencia la “carta robada”.

    Un desengaño puede a la postre funcionar de estímulo, lo mismo que esas adhesiones que rubrican el entusiasmo con la íntima convicción de que el beneficio propio compensa de cualquier asomo de genuflexión relativa a las propias convicciones: payasos hay que llevados de su inalienable lealtad al amo lamen las manos que les aseguran la sinecura, pensando que lo que están haciendo es en realidad un ejercicio de libre anuencia. Llámese Yurramendi, llámese Iriondo, o llámese Aguirre, el menda bien seguro está de la rectitud de su ingerencia.

    Entro mediante prudentes rodeos en un coso en el que el toro bufa por poderes… se llama Rafael Sánchez Ferlosio. Antes le ofrendé mi admiración y llegada es la hora en que la verdad me exige la denuncia; creo que la circunstancia es igual de perentoria. Sorprendentemente, traicionando un rasgo de carácter, a punto está de convertir sus adhesiones vitalicias en garantía de un compromiso asumido como unidad de destino.

    Detecto entre los aforismos de su último libro (Campo de retamas) uno que parece habérsele colado traicionando su habitual rigor en el dictamen. Me contraría el hecho porque estimo en general su obra, aunque no acabo de convencerme respecto a algunas de sus afirmaciones. Pero no es ésta la causa en esta ocasión, no apunta mi queja hacia alguna de esas disensiones, sino a un fallo que delata algo que, característicamente, nunca antes se le habría podido achacar, a saber, una parcialidad y un guiño de conformidad hacia quienes de un modo u otro han formado parte de su camarilla.

    El aforismo en cuestión reza como sigue: “Algunos aprecian la coherencia o congruencia como una prueba de honradez en la conducta o como una garantía de verdad en el razonamiento, pero, al cabo, tiene un punto de vanidad estética: vale poco más que la rima, pero es mucho más peligrosa”.

    ¡Qué sofista se nos presenta don Rafael en esta ocasión! Nos quiere hacer pasar gato por liebre, una ingeniosa imagen por una irrefutable (irrefutable por temible) verdad. Presenta como una disyuntiva lo que en el hecho denunciado es una correspondencia, para enseguida cargar las tintas sobre una contingencia a la que moteja negativamente, dando por aludidas unas consecuencias que de ningún modo están implicadas en aquél. Porque, veamos: tomadas cada una por su lado, por el de las palabras y por el de los hechos, la incoherencia o incongruencia podría ciertamente hacérsenos evidente sin dificultad, pensando por ejemplo en los casos correspondientes del enajenado que se agacha al cruzar los arcos de entrada de La Catedral por miedo a darse un coscorrón, y el de quien suma once dedos invirtiendo el orden de la cuenta en cada una de sus manos; una acción y un razonamiento se delatan como falaces, así, considerados aparte y con independencia. Pero no es de esta incoherencia o incongruencia de lo que se trata, sino de aquella que debiera haber entre la conducta y el razonamiento una vez cotejados mutuamente, en el caso, por ejemplo, de quien declara despreciar el dinero enriqueciéndose lo más posible al mismo tiempo. A ello parece aludir el efecto de rima que graciosamente menciona don Rafael a continuación, como si no pasase nada, apostillando además el hecho con la mención de una peligrosidad que, de buenas a primeras, puesto que más glosa no hay, simplemente no se vislumbra… pero le imprime mucha gravedad al asunto. La exigencia de coherencia o congruencia, ilustrada como un efecto de rima, se puede entender en un doble sentido, tanto por el lado del razonamiento (si alguien desprecia el dinero debiera despreciar el enriquecimiento), como por el de los hechos (si se está enriqueciendo, no debiera andar predicando el desprecio del dinero); mas hete aquí que son precisamente estos efectos de rima los que mosquean a don Rafael, votando él, a lo que parece, por la ruptura de la rima como opción éticamente laudable.

    ¿De dónde tamaña desfachatez, don Rafael? ¿Acaso desconfió usted de una adhesión problemática? Yo, por si acaso, no dudo en corregir mi parecer: ¡Qué desmesura la suya, con tal de justificar un desafuero que aqueja fuertemente a sus correligionarios, a esos que le hicieron, obviamente, la vida más fácil!

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