Presentación

La Sociedad Española Leibniz para Estudios del Barroco y la Ilustración (SeL) celebró su Asamblea constituyente el 22 de marzo de 2001 en el marco del Congreso Internacional Ciencia, tecnología y bien común: la actualidad de Leibniz (Valencia, 21-23 de marzo de 2001), coorganizado por su junta gestora (cuyo presidente era Javier Echeverría) con el Aula Atenea de Humanidades de la Universidad Politécnica de Valencia. En ella se expresó la voluntad continuadora con la trayectoria histórica de la antigua Sociedad Española Leibniz, manteniendo a D. Antonio Truyol i Serra como su Presidente de Honor, y se eligió una nueva Junta Directiva.

Sobre la oportunidad e interés de nuestra Sociedad, trayendo a colación las palabras de Antonio Truyol, son dos las consideraciones que pueden hacerse: La primera, de carácter teórico, se refiere a que es precisamente en los siglos XVII y XVIII cuando se conforman los rasgos que definen a la cultura europea moderna, tanto en sus aspectos filosófico y científico-técnicos, como éticos y políticos, … y nadie podría simbolizar mejor el esfuerzo por llegar a esta conciencia europea que G.W. Leibniz, quien no sólo destacó en su tiempo en toda clase de investigaciones, sino que ha sido propiamente el primer teórico moderno de la unidad de Europa. Por su parte, la segunda consideración, de orden práctico, se refiere al hecho de que en nuestro país, como por los demás en otros de Europa, la investigación se halla organizada en compartimentos estancos, generalmente en el seno de las Universidades, con muy escasas posibilidades para establecer relaciones operativas de carácter institucional; este estado de cosas exige la promoción de organismos que hagan posible el contacto entre investigadores ocupados en unos mismos temas, a través de Congresos e intercambios de información; y tal es lo que pretende conseguir la Sociedad Española Leibniz.

Esta doble función teórico-práctica, que tan bien refleja el lema leibniziano Theoria cum praxi, aparece claramente expresada en la formulación de los fines de la Sociedad, pormenorizada en el Artículo 2 de sus Estatutos, de promocionar y difundir los estudios y publicaciones sobre la filosofía, la ciencia y la teoría política de los siglos XVII y XVIII. La comunicación con la Sociedad se realizará preferentemente mediante correo electrónico, o bien por correspondencia postal que debe dirigirse a la que es su sede social: Sociedad Española Leibniz para Estudios del Barroco y la Ilustración, Instituto de Filosofía del CSIC, C/ Pinar 25 (28006) Madrid (España).

Concha Roldán, Presidenta de la SeL

 

23 respuestas para Presentación

  1. Miguel Ángel Unanua Garmendia dice:

    ¿Qué pensaría Leibniz del latrocinio, el acoso, la estigmatización, el fraude, la desfachatez mafiosa y un etc. de cerdadas inmorales ocultas e impunes que llegan a practicar algunos autodenominados leibnicianos, en especial sus cabezas salientes?

  2. Miguel Ángel Unanua Garmendia dice:

    Una sobra más negra que el uniforme de la Gestapo…

  3. Miguel Ángel Unanua Garmendia dice:

    Una sombra más negra que el uniforme de la Gestapo…

  4. Chivo Expiatorio dice:

    Es muy preocupante la forma sibilina en que se está colando en la Universidad (del País Vasco primordialmente, en lo que sigue a lo que fue la tan laureada Zorroaga) la Nueva Joven Falange Española de Izquierdas (o de lo que haga falta).

  5. La Voz del Pueblo dice:

    Me complace informarles que últimamente el benemérito Jesulín Perrero le ha toado el testigo al ínclito Víctor Gómez Pin en la glorificación de la parisina La Bola de Oro.

  6. Miguel Angel Unanua dice:

    Jesús Ferrero nos cuenta un cuento: iba una vez por una calle de París y ve desde la distancia acercarse a la figura del gran Víctor Gómez Pin enfrascada en meditaciones profundas. Decide no interrumpir sus cavilaciones sobresaltándole con un saludo, pensando que podría ocurrirle lo que le pasó al poeta Coleridge, quien estando componiendo un poema, el titulado Kubla Kahn, tras un sueño inspirador, fue interrumpido por una molesta llamada a la puerta que impidió que pudiese concluirlo. Es creíble que, por su aspecto meditabundo (su ceño interrogativo, su paso errabundo aunque firme, su mirada hincada en un suelo nimbado de trascendencias, etc.), el interfecto se hallase en medio de un rapto reflexivo, muy habituales en él, que es muy humilde y no es un genio; también se puede creer que la interrupción podría haberle sacado de sus casillas; ambas cosa podrían ocurrir, lo que no resulta tan creíble es lo que afirma don Jesús acerca del poema de marras, a saber, que se trata del “mejor poema de Coleridge”. ¿Qué razones puede tener el hombre para afirmar eso, si no es la de dar a entender que a don Víctor no debe corresponderle sino eso, a saber, lo mejor de lo mejor (porque es muy del pueblo, un dechado de humildad, y no se acuerda nunca para nada de que se llama Víctor Gómez Pin): tratándose de él, a efectos comparativos, no podía tratarse de un poema cualquiera, sino del mejor. Don Jesús podrá aducir sus razones para justificar su juicio (ya quisiéramos conocerlas), pero mientras no lo haga la evidencia es lo que resta, ic est, que aquella generación tan florida de La Bola de Oro nunca ha renunciado a la autoglorificación, yo diría más, yo diría que siempre la ha caracterizado, y mucho más en algunas figuras preclaras de la humildad especulativa y la filantropía filosófica (que a la postre es Grandísima Bola, y Nada en Oro). ¡Ay esta Generación de la Transición, que Gran Cara la asiste!

  7. Miguel Angel Unanua dice:

    Dios te va a arrancar el alma, viejo cabrón, Dios te va a arrancar el alma. La vieja Ley dice: las culpas del padre las heredará el hijo junto con todas sus riquezas. Dios te va a arrancar el alma, viejo cabrón.

  8. Miguel Angel Unanua dice:

    Como siempre, el autor sorprende, no en vano la sorpresa es el motor de la filosofía. Sorprende, en primer lugar, la naturalidad con la que nos remite a la “especie” como referencia genérica: ya no interesan la “clase social”, el “estatuto profesional”, la “extracción social” o calificativos del estilo como claves de clasificación humana; ahora es la “especie” la que nos homologa, no ya en los cuadros taxonómicos de la naturaleza, sino en los sociales (algo que el darwinismo social ya puso en juego antaño, aunque parece ahora asimilada a un postmarxismo académico bastante brutal). La sorpresa no sorprende, claro está, una vez apercibidos de la finalidad que ese tipo de trasposiciones acarrea, a saber, elevar un discurso reivindicativo extensible al género humano y a cada uno de los individuos a la vez, algo que el propio Aristóteles prohibía, no por imperativo moral o legal, sino porque juzgaba improcedente: no hay ciencia del individuo, decía él, sólo la hay de lo universalizable. Evidentemente, el tan manido (y por Gómez Pin tan recurrido) principio de la Metafísica está absolutamente condicionado por esa diferenciación, de modo que cuando el filósofo dice “todos los hombres” se entiende “el género humano”, y es acerca del mismo del que se predica con certeza el “deseo de saber”, sin que de ningún modo se pueda la generalización predicar de cada espécimen humano (lo digo así por respetar el gusto del autor por la terminología pseudo-biologista). Por otro lado, considerada la generalidad del acto de pensar, que ciertamente nos constituye, ello no implica que los contenidos del mismo sean transferibles o intercambiables; Aristóteles, al menos, lo negaría, porque, dada la generalidad, lo que a continuación prima deductivamente es precisamente dar fe de las maneras en que esa verdad universal se especifica mediando formas de inteligir y de actuar en consecuencia netamente diferenciables, propiciando una serie de modelos de vida en una escala abierta a definiciones específicas con sus consiguientes propiedades. Nadie prescinde de pensar porque, en efecto, como al águila el vuelo al hombre le es connatural pensar y hablar; lo puesto en cuestión es pensar de acuerdo con lo que él considera que es pensar, es decir, reclamar una necesidad universal de su propia actividad: como para el águila, también para el gorrión es esencial a su naturaleza volar, pero procura volar cobijado al raso de los árboles y no rozando los picos montañosos y las nubes. La urgencia de los motivos de pensar es la que urge al autor, no el orden natural ni el lógico. Pensar la astenia es lo que justifica su situación de privilegio, que incluye actos vejatorios y fraudulentos contra quienes no se persignen ante su discurso omnipotente, mesiánico hasta el tuétano, con ese mesianismo típico de quien profesa un bien común como medio de embolsarse cuantiosos beneficios personales. Es curiosa a este respecto la astucia con la que intenta ganarse en su último libro (tan lleno de errores hermenéuticos y de falsedades interesadas) al señor Ayala, parece que le tienta embolsarse un añito de estancia en Estados Unidos. Lo sorprendente es que no intente embolsarse un añito de estancia en Moscú o Pekín, siendo como es un comunista de tan señalado y furibundo calado.

    Viene siendo un argumento muy recurrente del autor contraponer una situación de injusticia social a una élite de beneficiados. Cabría preguntarle en que lugar se sitúa él a sí mismo, porque a primera vista creo que la respuesta está bastante clara, y creo que le deja en una situación bastante comprometida por la doblez pasmosa con la que juega: la de quien denuncia y la de quien se beneficia. Dígame, señor Víctor Gómez Pin: ¿no pertenece acaso usted a ese “sector privilegiado”? ¿será entonces que habrá que diferenciar dentro de éste un subsector de quienes se solidarizan con la mayoría desfavorecida, en la que usted se situaría, con todos sus correligionarios, distinto de otro al que pertenecerían los despreocupados de dicha actitud solidaria? Merece la pena tomarlo en consideración puesto que este tipo de actitudes suelen acarrear consecuencias muy peligrosas. Así, no es nada extraño el caso del solidario que estigmatiza y dificulta el desarrollo normal de la vida de otra persona acusándola de estar aspirando a la competitividad y, por ello, impidiéndole mejorar su situación, a pesar de haber transcurrido toda la vida del justiciero contando con unas ventajas de élite increíbles (basta repasar la cuantía de sus propiedades para comprobarlo). Evidentemente es lícito soñar, proyectar utopías sociales como la que promovió el comunismo, aunque lo que históricamente se nos vino encima fue un infierno cuyas gangas ideológicas todavía les aprovechan a algunos “revolucionarios acomodaos”, todos ellos pertenecientes a ese grupo que de hecho cuenta con las ventajas de la élite, y que de derecho se las niegan a todo aquel que no comulgue con las doctrinas con las que aquéllos justifican sus desafueros. Tras lo dicho, la cosa del amor al prójimo me parece el colmo del cinismo: hay, qué duda cabe, torturadores que arrancan las uñas a sus víctimas susurrándoles al oído que les conviene no condenarse a sí mismos.

    El hombre se define genéricamente, y los individuos se definen específicamente. De acuerdo con la propia lógica de Aristóteles, lo que se predica del género es predicable de los individuos, pero con mucha menor propiedad que lo que se pueda predicar específicamente. Del género humano asegura Aristóteles que desea por naturaleza saber, es parte de su condición de orden biológico, y esto hay que subrayarlo porque delimita exactamente el contexto en el que adquiere sentido su aserción, dado que entre las determinaciones de orden social que en consecuencia él especifica está justamente la que se detalla en la cita que de él se ha introducido aquí mismo (que está tomada del libro I de su Política). De Juan y de Felisa se puede decir, por ejemplo, que son vecinos, siendo ésta una condición no genérica, es decir, que no se puede predicar del ser humano. La vinculación al saber que Aristóteles especifica no es, pues, de esta clase, no se dice de Juan y de Felisa como se dice de ellos que son vecinos, puesto que no es su saber lo que les determina como individuos. Análogamente, el vuelo de las aves define a cualquier ave, pero no la modalidad de vuelo, que es distinta para distintas especies, pero ese gorrión que pía al lado de mi ventana no se singulariza individualmente por su vuelo, sino porque pía al lado de mi ventana.

    En fin, acostumbramos habremos de quedar a que nos pasen por aristotélicas ideas que nada tienen que ver con las propias de Aristóteles más que en lo más aparente: los términos, porque el autor muestra un especial interés en reclamar ese argumento de autoridad que, en realidad lo que hace es ponerle en evidencia, y lo digo porque de nuevo reincide en ello al remitir a él para justificar este tránsito a la lección de infancia que se nos anuncia. Para Aristóteles, e igual ocurría para Platón, la infancia era un ejemplo de idiotez. Es cierto que Aristóteles remite a ella en un momento de la Poética, asegurando que la imitación le es connatural al niño, siendo lícito deducir de ello, ligando con lo que en la Metafísica afirma, que el asombro le es connatural también, pero de ahí a afirmar que en el niño está en germen la teoría de la relatividad, pues hay un grandísimo salto, imposible de cubrir a no ser que se quiera de rechazo recalcar y subrayar y requetepresumir de la propia capacidad pedagógica, esa “disposición filosófica” que sólo puede despertar en el ignorante de sí mismo el genio humilde, el que despotrica contra la fijación en el nombre propio habiendo logrado grabar el suyo en una placa de bronce expuesta en un lugar bien público.

    En la facultad de Filosofía de la Universidad del País Vasco, justo enfrente de la puerta de entrada principal, hay una placa de bronce en la que se puede leer el nombre de Víctor Gómez Pin, junto al de Ramón Valls Plana y al de Javier Echeverría Ezponda, como fundadores de la misma. Es la única facultad del campus de San Sebastián que hace tal alarde. A modo de reconocimiento, nada obsta en principio a tamaña singularidad, pero sorprende tan pronto se cae en la cuenta del empeño que por otro lado se pone en la necesidad de renunciar a ese tipo de manifestaciones, limitando al máximo el uso que sea apropiado hacer de esa ostentación del nombre propio, a tenor del significado que ello adquiere; al propio Víctor le hemos leído sus opiniones al respecto, y es fácil apercibirse de la extensión y la trascendencia que le da, y, en efecto, como asegura Esperanza, dicha postura se puede retener como propia de un posicionamiento ideológico muy acusado y fácilmente identificable. De entrada, pues, esa disparidad de disposiciones incomoda. La incomodidad se trasforma en contrariedad nada más percatarse de la flema con la que convierten en incriminación esa misma disposición aun faltando dicha contradicción, es decir, asumiendo sin dobleces el hecho; parecería que es la renuncia a la doblez la que resulta sospechosa. Y esto, además de contrariar, pasma.

    Día hubo en que la genialidad dictó al autor del blog la necesidad de reivindicar la piedad para con el prójimo aun a costa del sacrificio animal; día llegó en el que la salvación del propio genio parece justificar sacrificios humanos. Salvar al hombre es salvar la vida― tal parece la premisa inicial; la postrera reza: salvar la vida aconseja el sacrificio humano, es decir, salvar la especie exige sacrificar al individuo, es decir, hacer perdurar la humanidad en su esencia prístina, es decir, según la dicta la creencia del que puede (la canción del que puede nos la cantó el difunto), reclama la eliminación de toda disidencia, por cualquier medio, pero especialmente mediante la picota pública. Entre los egipcios la perduración postmortem fue una de las obsesiones religiosas más preocupantes, y en aras de su procuración no se escatimaban medios. Ahora, como entonces, esa perduración reclama sus víctimas propiciatorias, reclama el sacrificio.

    RECAPITULANDO: Víctor Gómez Pin miente descaradamente en el primer punto, eso es falso. El despliegue de las facultades no depende de otra cosa sino de su propia activación, y ésta únicamente de la capacitación específica que se muestre para determinadas actividades, que es natural, no cultural ni convenida (el que él de intento procure asfixiar y abortar a todo aquel que piense de ese modo no demuestra que las cosas no sean así, sino la naturaleza intrínsecamente reaccionaria y despiadada de su personalidad). No miente en la exposición tópica que recuerda a continuación (nada nuevo nos revela sin embargo, a pesar de su empeño en presentarse como la gran revelación, que siempre ha sido su bicoca). Pero a continuación pretende engañar al personal, convirtiendo la mentira inicial en falsedad interesada (¿de verdad pretende que la juventud estudiantil se entregue a una revuelta por satisfacer los deseos ocultos de un hombre de la vieja guardia que de la periclitada revolución hizo un gran negocio, irrepetible para quienquiera lo vaya a pretender, porque dentro de esa reclamación se incluye curiosamente el cierre de la vía seguida por él mismo para medrar en su vida privada? ¿Nos va a crear una brigada de jemeres estudiantiles?). La mentira y la falsedad llegan a la desfachatez cuando pretende que se considere subordinada una capacidad que como tal sirva al individuo para rendir en sus propias potencialidades.

  9. MIguel Angel Unanua dice:

    Encendido Víctor, nunca tan decididamente panfletario como ahora que todo SENTIDO se pierde porque creímos ser dueños del mismo: observe el anagrama, maree las letras, lea DESTINO. La cosa épica del final mola: qué sonoridades a añejas esencias de rebeldía, qué clamor llamando a la insurrección de los miserables (sic) cúyo será el reino prometido de la libertad, del hombre redimido, del hombre renacido, del hombre resurrecto. Siempre tan claramente decantado usted por el lado del que sufre… Qué conciencia tan limpia la suya, es envidiable: vida y hechos, deseos y esperanzas, todo en usted rezuma pureza, justicia, bondad. Es usted un auténtico santo, y se merece la beatificación. Dios Manú se la otorgará, que es otro puro. ¿Le suena el calambur? (A Manú se lo pregunto: busque, busque, inteligente: ¿lo de la monita que miente se lo sabe por experiencia o por libros que usted leyó solitariamente?).

    “Hasta en el ser humano mayormente diezmado por la penuria, la humillada sumisión, el trabajo que esclaviza y el ocio que embrutece será imposible anular toda exigencia de respeto a la palabra y todo gusto por los frutos de la misma, es decir, imposible anular la originaria inclinación a simbolizar y a conocer.” Esta capacidad, señor mío, es previa e independiente de cualquier situación de hecho, no depende de ninguna manera de circunstancias socioeconómicas, es el pan de cada día de todo quisque desde que nace hasta que muere. Pretender convertirlo en una excepcionalidad acusando simultáneamente agravios e injusticias es un aparatoso modo de desviar la atención hacia presupuestos de otra índole, que se hurtan a la conciencia desprevenida de quien resulta sorprendido por tal tipo de afirmaciones: sería una especie de plusvalía eidética avant la letre. Es sólo optativamente, y sólo en el predio de la autoconciencia, donde se presenta tal clase de conflicto, y en tal medida éste se vuelve insoslayable: los antiguos protrépticos dan buena prueba de ello. Generalizar este hecho es pura y dura demagogia por parte de quienes pueden permitirse ciertas ventajas sin exponerse a sacrificios ni asumir riesgos personales, implicando al mismo tiempo un nivel de exigencias que, a pesar de no incumbirles a ellos mismos, guardan la apariencia de ser requisitos universales.

    El filósofo aparenta colocarse en el punto exacto en que universalidad y particularidad simulan salir al encuentro mutuo: ésta es la estrategia. Yo, Filósofo, soy el mundo; hete aquí la formulación Victoriosa. Hijo de la ocasión histórica y hacedor de una nueva era en busca de su propia perdurabilidad, bruna melancolía de una vida agraciada por la buena fortuna y el premio a la oportunidad excelentemente aprovechada. El diamante del tiempo ruega al futuro: ¡tenme, que no sé acabar, que sin fin pide mi suerte ser eterna en su gloria, y que los vástagos del porvenir nos canten, a nosotros que constituimos su memoria!

    Estamos donde partimos, que nada ni nadie nos lleve a engaño; no hay regreso ninguno donde no ha habido alejamiento. Preposterar es, a estas alturas, disimular el disimulo, rizar el rizo de la apariencia. El empeño de Pin por radicar en una necesidad universal su particular versatilidad académica (o, dicho de otro modo, hacer de su virtud propia necesidad universal) es una manera sibilina de aparentar un compromiso sin otro fundamento que el deseo de aligerar el sentimiento de la propia mala conciencia, cargando el peso de la misma sobre espaldas ajenas, aquellas que asumen su amoralidad vejatoria para los demás declaradamente. No puede Pin sentirse sabio sin dárselas de impoluto, y sabido es que quien presume de pureza acostumbra demostrarlo acumulando detrito sobre detrito en la casa del vecino en lugar de coger la escoba y dedicarse a barrer la propia. Han sonado aquí también voces heterodoxas, animo a que no cejen en su crítica aquellas capacitadas para juzgar acerca de las disciplinas que arropan su soberbia erudita; que tengan presente que denunciar la arrogancia, las falsedades y los disimulos es algo tan perentorio como reconocer las certezas que en su ámbito de estudios tengan reconocida afluencia.

    Yo conocí a la Cuadrilla y me quedé con las ganas de Ella (no con las suyas, sino de Ella), pero no debo ser el único, una popularidad impopular viste como cualquier otra, y, por qué negarlo, Ella siempre ha tenido su clase. La cosa del arte impersonal, del pueblo verdadero que no tiene nombre, ni otra seña de identidad que la del buen primitivo bien educado por la lengua y la feminidad siempre doliente y dominada, le fue marcando el carácter a Ella desde su madurez, es decir, desde aquel tiempo en el que los vientos soplaron a favor y un funcionariado rebelde se posicionó en ese universo tan deletéreo de la cultura dominante… pero desde la contra. El proceso aquél tuvo sus más y sus menos, sus hombres victoriosos y sus derrotados, pero con la virtud de quedar bien de cualquiera de las maneras. ¿Qué otra generación anterior o posterior que haya habido o que pueda haber podrá presumir de tan meritoria contradicción, es decir, de la contradicción misma como mérito, y de la felicidad hasta en la furia belicosa de las luchas diarias? Héroes por modestia, sobrados de la vanidad del jactancioso, les bastó con lucir palmito intelectual para dar el pego moral.

    Dos posibilidades hay para contemplar efectivamente esa hipotética “abolición positiva de la propiedad privada”, una fue la que históricamente se terció y cuyos resultados todo el mundo puede conocer, y que de ningún modo se dejan clasificar sino mediante calificativos del estilo de los siguientes: horripilantes, espantosos, tiránicos, dictatoriales, absolutamente falsos… jamás como trágicos, jamás como ratificados por una vida gratificada aun en el sufrimiento. El espanto destaca precisamente porque el sufrimiento al que la ideología condena es por completo gratuito, y sólo satisface a mentes en el fondo enfermas: no se trata de que la enfermedad siga a tales actitudes, sino de que en estas actitudes se reconoce al insano morboso y febril. Y con esta figura tiene que ver, por supuesto, la otra posibilidad de la alternativa, que es la de quien tira la piedra y esconde la mano, la de quien predica la virtud entregándose al vicio, la de quien se enriquece aconsejando la renuncia a la riqueza. Pocos pueden gozar de una descaro tan evidente como para adoctrinar a los jemeres estudiantiles acerca de la abolición de la propiedad privada para sugerirles que ello no obsta para que se apropien de todo aquello que logren expropiar a quienes no obedezcan ni se sometan al dictado del comunista empresario, del fascistoide demócrata y populachero. ¿Es lícito pronunciarse contra la propiedad privada contando con propiedades considerables? ¡Qué mentira la que este señor vende con toda la naturalidad del mundo! ¡Qué cierto es que el poder da también venia! Este falangismo de izquierdas apesta.

    Señor Víctor, ni por Platón ni por Aristóteles fue considerado el hombre un animal teorético, contra lo que afirma usted; aquéllos opinaron que es única y exclusivamente al filósofo al que cuadra ese carácter, y de ningún modo creyeron que todo ser humano pudiese definirse a partir de él. Respecto a Aristóteles ya quedó demostrado, respecto a Platón baste decir que el discurso del Menón no procura una demostración de la naturaleza teorética del esclavo, sino de la naturaleza innata del raciocinio. Coincidiendo en esa proposición, no coincidían no obstante en la que a continuación usted añade: es cierto que para Aristóteles la percepción es indisociable de la conceptualización, pero no es igual de cierto que lo sea para Platón. Son ligerezas que hay que señalar, aunque al hacerlo quede estigmatizado quien lo hace. Las formas de la venganza son múltiples, como los sentidos del ser, y refinarlas es un arte tan sutil como el de amar sin costes; o, mejor dicho, sin sudores. Porque conviene apuntar que tampoco son homólogas las formas de vincularse a la naturaleza por el trabajo y por la capacidad de simbolizar; y muchísimo menos lo son ambos tipos de mediación mutuamente, es decir, el trabajo y el lenguaje. Pensarlo es algo que indudablemente halaga al filósofo extasiado en sus concepciones, pero no al trabajador que suda su salario diariamente; y sus formas de amar son evidentemente distintas. La preocupación filosófica y cristiana (samaritana en el fondo) del primero por el segundo seguramente le consuela además de halagarle, pero con no menor seguridad indigna al otro además de avergonzarle.

    Una gran diferencia entre Marx y su prosélito marxista (algo que aquél nunca quiso ser), es que nunca desdeñó verificar la cuantificación allá donde estuviere implicada, no ya objetivamente, sino por el propio discurso, sabiendo que argüir en base a datos sin fundamento es una de las maneras más fraudulentas del discurso sofístico. ¿Cuáles son los que avalan la afirmación inicial de Pin? ¿La vida de la inmensa mayoría de los humanos prosigue en situaciones tan adversas? Dénos usted datos, por favor, porque no nos lo creemos, no porque seamos desconfiados, sino porque desdeñamos toda razón que exija de nosotros una anuencia crédula, allí donde se nos invita a aceptar proposiciones tan apodícticas como las que se sustentan en su discurso. El hecho de que no discuta usted sobre datos concretos demuestra, en principio, que carece de ellos, y de que se está valiendo de una generalización con el único fin de condicionar emotivamente al lector.

    Una utopía, señor Pin, por definición, es un ideal proyectado en un marco social, de modo que afirmar que se puede alguien aislar “en pos de una utopía estoica” es una contradicción en los términos, contradicción que, por otra parte, tampoco se sostiene por su lado más concreto, ése por el que se da a entender que la estoica constituye una actitud filosófica que promueva el aislamiento o el desentendimiento de los problemas sociales; lo cual delata otra tara en su discurso, en su persona, mejor dicho, la de quien acusa sin aducir cargos concretos. En el contexto de su escrito, no hay otra referencia a la ilusión utópica que esa que resume en las palabras del propio Marx un poco más abajo, evacuando el concepto de allí donde en efecto se halla implicado (¿Se imagina alguien a Pin, o al propio Marx, haciendo lo que nunca jamás han hecho, ni se les pasaría por la cabeza hacer: pescar, cazar, etc? ¿De dónde les viene esa necesidad: no la de cazar, pescar, etc., sino la de imaginar una vida social sustentada en caprichos tan aparentes de cabeza loca, de cabeza hueca? Porque quienes presumen de cabezas pensantes suelen caer a veces en tales disparates. Tiene complemento en el apunte que poco después cuela en el discurso: vamos reduciendo el horario de trabajo desde las terribles doce hoce hasta las pasables seis… ¡y puntos suspensivos!).

    Lo que sigue a continuación es tremendo y tétrico, porque añade a la falta de transparencia de sus argumentos una intransigencia que para sí quisieran esos que usted procura estigmatizar en el papel de los malvados, me refiero a falangistas, fascista y demás engendros históricos de oscura ralea. Cada vez que cede usted a ella se asemeja usted más a aquéllos. No le inspira otro fin que darse la razón a sí mismo al objeto de no tener que desmentirse. A este respecto, se le siente a usted más hegeliano que marxista: a escala histórica, la justificación del sufrimiento (de los daños colaterales), es análoga a la que a escala más personal, individual, requiere usted del sacrificio humano (siempre que se trate del sufrimiento de otro, por supuesto, porque lo que le afecte en el propio es harina de otro costal, y bien se ve lo que le hace a usted perseverar en su ser… jovial). Tras ello el apunte relativo a un virtual “sujeto colectivo”, de verdad, asusta.

    Resta valorar esa apuesta por la rebeldía ante la situación denunciada; resta detectar la falacia, que confunde la integridad moral con el enmascaramiento de la propia inmoralidad: todo delito ha de ser penado en su medida, mas los delitos son siempre personales, no se deben encubrir con supuestas responsabilidades colectivas, pues entonces las penas o desaparecen, o se descarrían (según sea quién delinca). La proclama y el refugio en el grupo, en el “sujeto colectivo”, protegen, pero no absuelven, señor Pin. Esa primera persona del plural puede esconder muchas mentiras, señor Pin, empezando por la más evidente, que lleva a generalizar y colectivizar situaciones como si fuesen transferibles: se niega usted violentamente (hablando en nombre de otros) a hacer lo que no hace (yo me niego a hacer lo que no hago― rezaría la proposición). Es una proclama de rebeldía muy curiosa: NOS negamos rotunda y airadamente a hacer lo que YO de ningún modo hago. Porque en ello hallaMOS motivo de regocijo vital y ocasión para desarrollarOS todos vosotros dignamente. (Recurro a las mayúsculas para evitar que se interpreten como errores caligráficos).

    El dolor es condición de la vida, no de la creatividad o del conocimiento. El crecimiento es dolor, y la vida se configura como una huída hacia adelante; no ha de extrañar, por ello, que en el límite se confunda con aquello que la excede: la búsqueda no menos frenética del placer. Eso que se llama bienestar se conforma como el anverso de eso que se llama malestar, pero, atentos, lo primero se nutre de bienes externos, lo segundo alude a males que nos afectan íntimamente; una cosa y otra pueden pues, como sabiamente enseñó aquél y aquí se recuerda, corresponderse.

    La vida nos puede doler, y, probablemente, en el dolor la vida se reconoce; quien no sufre, no vive, al menos humanamente, sea que el sufrimiento se padezca, sea que se compadezca. Pero puestos en juego el arte o el conocimiento, ni es suficiente, pues de otro modo, habida cuenta de la cifra inmensurable que se acumula por sólo vivir, debiera la vida rebosar espontáneamente de conocimientos y obras de toda índole, ni es necesario, pues también en la alegría germinan esos dones.

    Históricamente, sólo en Grecia y en una modalidad muy determinada de creación se trasmutó el dolor en obra artística: sigue teniendo plena vigencia lo que Nietzsche afirmase, pero la tiene justamente en ciertas formas de la creación, no en todas; en este sentido, también equivocó su juicio ligeramente. La tragedia es la obra del padecimiento humano, del dolor ensimismado. Ni el egipcio, ni el mesopotámico, ni ninguna del resto de civilizaciones que rodearon la cuenca mediterránea adquirieron esa calidad dramática, ni fue fruto de ese sentimiento. Tampoco posteriormente toda obra se define por esa cualidad, aunque en algunas continúe alentando ese espíritu con toda su vehemencia, así en la de Leopardi, Pavese y otros, más o menos nítidamente, también en la de Proust, pero no toda obra es fruto de ese sentimiento desabrido. La música de Mozart es una irradiación casi ininterrumpida de alegría, ésta fue su tono propio, y el otro le obligó a su pesar. ¿Qué logró en su caso el sufrimiento, sino acortar su vida y su producción, por muy magníficamente que llegasen a sonar sus tonos elegíacos? Hay, por cierto, un dolor absolutamente gratuito, y es lícito rebelarse contra él.

    Una sombra más negra y densa que el uniforme de la Gestapo. Una mano oculta que organiza una venganza personal con proyección social (el sacrificio del chivo). Una antigua herida narcisista que no cicatriza porque el narcisismo sigue operando aún con más fuerza que antaño debido a las astutas conquistas que median entre tanto.
    Décadas de soleada tranquilidad dan para mucha sombra.
    ¿Cuántos agravios puede soportar una persona digna? ¿Con cuántos dedos de la mano se pueden contar los que ha padecido nuestro Señor de Señores aliento-fétido Victor Demetrio Gómez Pîn?

  10. Miguel Angel Unanua dice:

    Acerca de Ferdinand Celine dijo el Pin que escribía como si en cada frase le fuese la vida, del Pin cabe decir que escribe como si en cada frase se jugase la salvación del género humano. Toda su obra, absolutamente toda, está atravesada por esa jactancia, y con no menor insistencia se jacta de sí mismo como figura heroica, dejando rastros para que la posteridad reconozca bien engrandecida su biografía. Su pose juvenil, de corte taurino, es bien elocuente: agarra al toro por el rabo y le toma la medida a sus cuernos… adoptada la distancia conveniente (por prurito de objetividad).
    No es de extrañar, por cierto, el giro que le imprime a su propaganda últimamente (El Boomerang, 13-12-2016), elevando a figuras de su discurso al Judío y a la Esperanza: el vicio se repite, la furca va a lo suyo, y destaca, como si nada ocurriese, aquello que a él en su más sañuda intimidad le afecta, por representar aquello que le niega el señorío.

  11. Miguel Angel Unanua dice:

    ¡¡¡Sucio demagogo cochino de la Universidad!!!

  12. Miguel Angel Unanua dice:

    Yo me pregunto a qué espera el Pin para proceder a castrar a su hijo René Gómez, y que lo dedique a la música, para que podamos certificar en sus hechos lo que siempre anda predicando para los otros con sus palabras. Alguien a quien le falta la entereza suficiente para admitir sus propias equivocaciones, que prefiere obviarlas otorgando a los hechos una trascendencia de la que carecen, sólo porque él se encuentra implicado en ellos (a este respecto recuerdo la ocasión televisada en la que el entrevistador le preguntó cuál era a su parecer el descubrimiento de mayor trascendencia para la humanidad, se supone que por redundar en beneficio de la misma, respondiendo él que el cálculo infinitesimal… no por otra razón sino porque era a lo que se estaba dedicando él por entonces; si se lo preguntasen hoy sin duda respondería que la física cuántica o bien el genoma ese en el que él puso el punto, no recuerdo bien cuál); alguien, pues, que verifica la perentoriedad de sus propias acciones, incluidas aquellas señaladas por una remarcable vileza y ruindad moral, porque contempla tras ellas una trascendencia trágica que las justifica, así en la medida en que le implican a él, que queda satisfecho de sí mismo, así en la medida en que implican a otros, que son los que padecen su impunidad con las consecuencias más lamentables; alguien así, digo, ¿qué respeto y credibilidad merece? ¡Qué calificativo denigrante no le cuadra, y qué denuncia no se le debe de dirigir, tanto más clara cuanto menos afectado se sabe en su fuero interno por el perjuicio que daña al otro! La retórica, señor Pin, esconde a veces sapos venenosos que escupen su veneno lejos de sí, y si a alguien envenenan croan a coro cantando las propiedades purificadoras de sus escupitajos morales.

    La ganga aquélla de la lucha antifranquista queda ya un poco anticuada, y a los que han nacido en plena democracia les puede parecer hasta cargante la recurrencia a un pasado supuestamente glorioso para justificar un presente bastante más dudoso. Cuánto no habrá llovido desde entonces, y cuán equívoco se nos volvió entretanto el título de luchador antifranquista: ¡cuánta desfachatez no se acoge a ese título! A pesar de todo, hay quienes continúan apelando a aquellos lustrados tiempos de rebeldía como garantía de rectitud política también en la actualidad; no son tampoco muchos, pero sigue habiéndolos, como se ve por este blog. Rondan la época de la jubilación la mayoría de ellos. Tras cuatro décadas de dominio (qué curioso, idéntico período duró la dictadura aquélla tan fea), bien llenos sus buches de los recuerdos de lo masticao, bien repletas las carteras de activos para su futuro, aquí se nos van descolgándose del Gran Crack (que con ellos no tiene que ver, por supuesto: a mí que me registren, y me quiten lo bailao). Merecía su esfuerzo un postrero canto a la lucha sacrificada por el prójimo y aquel sentir dulce como de compartida beatitud en la miseria, que como una madre buena nos cobijó en nuestra época de desesperanza, cuando peinábamos barbita reciente en el mentón y nos iluminaba la mirada aquel no-se-qué de guay que había doquiera que anduviésemos.

    ¡Qué sorprendentes resultan los contrastes! Ahí tenemos a un Fernando Savater que una y otra vez trata de frenar un avance que él considera indiscriminado y lesivo para los castellanoparlantes, y aquí tenemos a un Pin que con no menos insistencia puja en el mercado mediático defendiendo a ultranza una lengua en cuya salvación cifra él la salvación de una parcela de la propia humanidad: la propia humanidad quedaría lesionada con su pérdida (algo que, evidentemente, se sitúa por encima de la consideración de los propios hablantes, así como la especie humana queda muy por encima de individuos concretos a los que, en un momento dado, no se debe vacilar en sacrificar). Una apología a ultranza de una lengua frente a una reclamación a ultranza de condiciones limitantes. Pero pasen y vean lo que ocurre en general con la Cuadrilla: el Pin y el Savater son estrechos amigos y colaboradores cuando de parapetarse mutuamente se trata. Es algo muy típico: se posicionan individualmente abarcando el mayor margen de influencia posible, en frentes distintos y en ocasiones contrarios (como el que estoy señalando), para así asegurarse el mayor margen de proteccionismo mutuo, asegurándose una impunidad práctica a prueba de cualquier riesgo de quiebra seria. Hete aquí el porte al natural del héroe piniano, su entera figura: observa al toro desde la barrera saltando de vez en cuando al coso para lucir una exuberante figura con el capote, con la bestia apostada en el extremo opuesto de la arena. ¿No me negarán ustedes que esto es lidiarlo con la intención, salvando el cuerpo, como gustaba decir el Otro (el Echeverría quiero decir)? Nunca achacará el Pin al Savater errores en sus posicionamientos, ni lo hará el Savater al Pin. Se tientan, se entienden, se toleran, se regalan, se guiñan, se complacen en la trifulca aparente, se contonean sabios cara a la galería en posiciones radicalizadas que nunca entrarán en directo conflicto entre sí, se acercan y se alejan, se engatusan y refunfuñan… mutuamente y con meticulosidad, pero nunca jamás traicionarán la fidelidad que los juntó cara a una causa común, como fue asegurarse un futuro a prueba de historias durante la transición, como es en definitiva la salvaguarda de la Cuadrilla misma, que es lo que importa. Caiga quien caiga, valgan los chivos expiatorios que valgan. Así ha sido siempre, así es, y así seguirá siendo. La cosa del vascuence les valió a ellos en su momento para hacerse su buen hueco en el País Vasco, sin codazos, sin pescozones; todo ello con gran sutileza y savoir fair ―como dicen los franchutes (parisinos mayormente). El Pin, como no puede ser menos en una autoconciencia tan autocomplaciente y heroica como es la suya, hace de ello causa de glorificación generacional (y con ello salva al propio Savater, si se terciare el caso, por supuesto, como el Savater salva al Pin terciando el riesgo contrario).

    La arenga es, como bien debe saber un trasnochado experto en querellas ideológicas que desde el púlpito laico de su situación aventajada alza la voz autocomplaciente, una buena manera de reducir al otro a la perplejidad y al atónito silencio. Suavecito pinche apunta al meollo: el Pin inventa una narración retrospectivamente para continuar en sus trece doctrinalmente. ¿Quién fue esa supuesta “voz discordante”? LA VERDAD ES QUE NINGUNO DE ELLOS SE ENTERÓ DE LO QUE PASABA REALMENTE MIENTRAS FARDABAN A BOMBO Y PLATILLO DE ENTERARSE DE TODO, sin desdeñar de pasada aprovecharse al máximo de la situación que el desvarío del momento propiciaba. ¿Qué vidas las vividas, eh, señor Pin? (Las de los amigotes, quiero decir, ¿eh, señor Pin? ¿Cómo tortura el verdugo complaciente con lo políticamente correcto mientras se embolsa su discreto emolumento, eh, señor Pin?) Los signos de la intolerancia no se muestran únicamente en la obcecada negativa a dar venia al oponente, también enseñan su rostro terrible en la persona de quien enmascara su propia responsabilidad y se niega en redondo a asumirla en toda su envergadura, a saber, aceptando el propio error, que es lo único que cabe universalizar éticamente, en la exacta medida en que da cuenta de una negatividad operante en nosotros como condición de reconocimiento de un rasgo (el único generalizable) específicamente humano… a no ser que uno sea un GENIO, claro. ¿Alguna novela habrá que describa las villanías impunes del GENIO DISCRETO?

    Esa efervescencia popular recordada mediante el testimonio de un periodista (nada obsta al testimonio, nos lo hemos de creer porque describe a los buenos; posteriormente parece que anduvo entre nipones, y tampoco se convirtió seguramente al shintoismo, le gustaron los plaseres de la geishas, porque el no era maricón), es casi clavada a la que se vivió en España durante la transición, tras la muerte del Malo que, no obstante su maldad, tuvo la virtud de volver bonísimos a todos sus contrarios para una tira de años. Hubo enseguida pactismos, hubo luego desviacionismos, llegaron últimamente las corruptelas… y de mientras se enriquecieron todo lo que pudieron y se pegaron la gran vida cuanto más grande pudieron los que pudieron; y coleando andan todavía con sus luchas comprometidas con los buenos (antifranquistas que fueron).

    Leo cosas como “carga existencial del trabajo”, o “esclavizado al trabajo que supone el sustento”, o cosas por el estilo, y me quedo alucinado de la escuela de mandarines que nos está creando usted, Señor; lo de Calycanto es otro cantar, ése es el canto del propio Pin (el suyo, Señor), fuerte en su territorio, con la caterva de sus cachorritos acólitos moviendo el rabo. A mí me desorienta un poco este cantar a salto de mata: es evidente que el socorrido comentario del fiel Dácil le sirve para desviar la atención hacia el lado donde puede mantener erguida su quijotesca figura (aunque, la verdad sea dicha, ese empeño por mantenerse erguido, aunque sea echando mano del artificio del tentenpie, no hace sino acentuar la sensación de estar forzando la compostura), pero, por favor amor, no olvide usted comentarnos la invasión del Tíbet por los muchachos. Es como quien quita las pesas de un lado de la balanza para cerciorarse de cómo gana peso el otro lado, o como quien opta por matar al berraco de un golpe de maza en lugar de degollarlo, sólo por evitar el escándalo, y asegura de paso que nada ha pasado. El Pin, no cabe duda, halló hace mucho la piedra filosofal; y algo sabe él también de trasiegos de maletas y de capitales, aunque en cantidades más humildes. La diferencia entre él y los otros está en que él comparte su fuego revolucionario, porque la piedra aquélla le dio amor, dinero y salud, pero no le quita años; no le dio fuente de eterna juventud que valga, que es la que está últimamente buscando. Del Cid Campeador se sabe que mataba moros hasta después de muerto, lo que no se dice tanto es que no podía hacerlo a no ser que se encargasen sus prosélitos de meterle un palo bien largo por el culo antes de montarlo en su famoso rocín.

    PARA CALYCANTO, QUE ES EL PÍN REDIVIVO. El fracaso de la socialdemocracia “es evidente y se fragua desde la caída del muro de Berlín”. Extracto la frase que identifica al interfecto. Primera objeción: es una proposición que da por verdadero un supuesto; a continuación se da por real lo que se permite deducir apoyado en esa proposición. Ya en el texto de partida, lo que destacaba era la sagacidad de alguien que supuestamente se lo olió hace décadas; ahora no se hace otra cosa sino corroborar esa sagacidad, que es la sagacidad del genio, del sabio que viene con la Aclaración de todo intríngulis. Típicamente piniano.

    Se confunde usted, mocos, como habitualmente hace, procurando confundir al personal a conveniencia. Le advierto de lo que está ante los ojos de cualquiera: nadie tacha a nadie de nada, el comunista se presenta como comunista, y yo no hago otra cosa que retomar el título que a sí mismo se da, y ello porque mediante dicha nombradía no se está única y limpiamente posicionando frente a un problema actual, sino retrotrayendo a soluciones con una proyección histórica suficientemente probada, y es a esa imagen a la que cuadran los calificativos que usted considera meramente adjetivos. El comunismo, en efecto, fue una forma totalitaria de poder, y parece, por lo que usted escribe tan precipitada y doctrinariamente, que lo que a usted le molesta es un totalitarismo de cierto tipo, mientras que el otro no le molesta, SÓLO PORQUE REPRESETA A SU PROTECTOR IDEOLÓGICO, a quien de cualquiera de las maneras, por muy ciega que sea, desea usted corresponder. ¿Acaso alguien debe librarse de ser considerado como un ladrón embaucador si roba, y desconfiar de él en consecuencia, por el hecho de que se presente como comunista o demócrata? El gran problema está en los hechos, no en las ideas o las palabras, a pesar del empeño que tienen algunos en justificar ideológicamente su propia posición aun actuando echando mano de medios que traicionan la pureza doctrinal de sus propios principios. Fíjese usted que un principio ético como el de la negativa a la disculpa tanto puede ser indicio de entereza de carácter, como de vileza moral. No se deben confundir nunca la integridad moral y el integrismo dogmático.

    Hemos de retrasar también hasta hace aproximadamente cuarenta años el tiempo desde el cual el criterio del Pin se impone como un imperativo filosófico, que nos advierte de que lo que diga él acerca de Aristóteles (principalmente, pero también acerca de Platón, o de cualquier otro filósofo antiguo) va a misa o, por mejor encuadrar la frase hecha en su contexto apropiado, va a la Catedral: los prestigios ganados a golpe de oportunidad que desde entonces han acompañado al alzamiento de aquella generación, incluidas las cabezas de turco que cayeron por la causa y que Félix no desconoce, todavía cuentan con el prestigio y la fuerza suficientes para acallar toda voz disonante. De disidencias y de la manera adecuada de tratarlas también supo la Inteligencia de la generación revolucionaria anterior, a la que se atuvieron, con mayor o menor fijación, todos ellos. De aquellos lodos se solidificaron estas piedras, piedras grandes, doradas y poderosas que encubren sólidamente la ganga de la progresía filosófica post-transicional. Víctor Gómez Pin hace tiempo que impone su autoridad, una autoridad que cuenta con la virtud de dar apoyo especulativo a quienes, como Azúa, compartieron beneficios cuantiosos en su momento; pero desde hace no menos tiempo Víctor Gómez Pin chochea intelectualmente, aunque sabe hacerlo con mucha clase.

  13. Miguel Angel Unanua dice:

    Discúlpeme usted la disensión, pero creo que entra dentro de los cauces de lo éticamente exigible tanto denunciar las incorrecciones ajenas como reconocer las propias. Fácil es reclamar de los demás lo segundo cerrándose en banda a reconocerse en lo primero, algo muy habitual incluso entre las preclaras mentes de la intelectualidad, que no se diferencian mucho en tal sentido de esos políticos tan desinhibidos que ellos por su parte procuran denunciar. La preocupación por la salvaguarda del propio interés, que el liberal eleva a modelo de salvaguarda del estado de bienestar social, se vuelve también instrumento de denuncia implícita contra quien, desentendido de cualquier obligación, hace de su virtud necesidad.

    Hay un ámbito social de responsabilidades éticas, como lo hay otro de responsabilidades personales, y tan ciego es a unas o a otras aquél que solapa las primeras con las segundas como quien lo hace inversamente. La educación es, en sociedades que reclaman para sí el título de civilizadas, una prioridad asumida desde las instancias gubernativas; no así el saber, que es una opción no vinculante, y que tampoco revierte en implicaciones éticas, sino a lo sumo, de corresponderle alguna proyección socialmente productiva, profesionales. La educación instruye, el saber condiciona. Que un edicto se proponga como objetivo incentivar la instrucción incondicionalmente, con independencia de su virtual inherencia a actividades no instrumentalizadas, no traiciona de ninguna manera el espíritu al que el compromiso social obliga dentro de sociedades definidas por fines semejantes: el sistema democrático no implica sino un formalismo legal, y tampoco puede inhibir las opciones resultantes. De otro modo se cae en el juego de quien rompe la baraja cada vez que las cartas no caen como a él le convienen. Uno está dotado por naturaleza para pensar, no para pensar tal o cual teoría; también quien sólo se preocupa de sacar el mayor rendimiento a su ocupación profesional piensa, y también se ocupa de su profesión aquél que rinde sólo pensando: del pan diario a las alubias, y de las alubias a las angulas… hay dos abismos.

    Un zoo y una sociedad humana no son comparables salvo en situaciones que en las sociedades occidentales se consideran superadas. Los animales de los que usted asegura que han perdido su instinto hasta tal grado no pueden ser otros que los que habitan en los zoológicos; ahí, efectivamente, su naturaleza está deteriorada. Me atrevería a decir que esos casos que usted menciona junto a aquellos en los que el juicio está justificado, es decir, el de los animales domesticados (aunque entre ellos también convendría hacer ciertas matizaciones), nos los trae usted por los pelos a fin de acentuar la analogía: un lobo que no ataca a su presa, un ave rapaz que no alza el vuelo, o un caballo que no inicia el galope tras alzar la barrera (evidentemente se refiere usted ahí al hipódromo, y, dígame usted, sinceramente, además de por alagar a Fernando Savater, ¿cree usted posible que nos lo creamos, que pongan a un pura sangre tras la barrera de salida sin la seguridad de que apretará los ijares nada más levantarla?)… ¿dónde se han visto? Sea de ello lo que sea, parece ser que lo que usted nos quiere sugerir es que las sociedades humanas son como zoológicos habiendo sido mutilados de su capacidad de pensar sin más interés que entregarse a sus esencias. Esta analogía es insostenible. Es obvio que en el caso de los animales el debilitamiento de su instinto ha seguido a la desnaturalización de su entorno y de sus formas de vida silvestre, pero no lo es tanto, de ningún modo lo es, por mejor decir, en el del ser humano, cuya integración en las sociedades modernas pasa por ser considerada una condición sine qua non de su integración a la vida que le es más propia. Y lo que ello demuestra es precisamente la excepcionalidad de una virtual sociedad en la que por arte de enseñanza habríase desnaturalizado la vida social hasta el punto de estar los ciudadanos dedicados a la contemplación.

    ¿Y qué me diría usted del toro, en cuya admiración la correspondiente afición de Savater a usted le apoyó? ¿Es un animal salvaje o es un animal doméstico? ¿Ha perdido su naturaleza como les ha ocurrido a los otros que usted menciona? Yo sinceramente le digo que el de lidia no, pero le añado que el de lidia está justamente domesticado

    De mí puedo decir, sin entrar a juzgar si ocurrió para mi suerte o para mi desgracia, solamente porque es el caso que mejor conozco, que no recibí una educación dirigida a impulsar determinadas potencialidades del espíritu, ni especialmente propicia a esa supuesta optimización del pensar que nos dignifica como seres humanos; y me atrevería a añadir que tampoco el propio columnista ni seguramente ninguno de sus compañeros de generación, que fueron todos ellos educados bajo las férreas constricciones del franquismo. No obstante, a juzgar por lo que aquí se escribe, a ninguno de ellos (y me atrevo a incluirme entre los mismos) se les ha vedado el acceso a esa posibilidad, en la que se nos viene a cifrar la propia humanidad; cabría aventurar, incluso, que si con tal fuerza ha incidido el deseo de conquistarla ha sido por las circunstancias adversas con las que se encontraron y bregaron. Entonces, ¿a cuento de qué viene ahora todo ese discurso reivindicativo, exigiendo algo que sin necesidad del mismo se ha visto efectivamente colmado? En mí hubo un niño y el niño creció, y ahora me hallo donde me hallo, bastante más entorpecido para mi desarrollo ético personal (a no confundir, desde luego, con esa voluntariosa intención, aparentemente inocente, de “generar” ética alguna, señor Dácil) por estos que se pronuncian contra desafueros generales pero para nada se cortan a la hora de aherrojar vitalmente a fulano o a mengano por razones muy particulares y personales, si es que osaren no renunciar a la dignidad tal y como ellos la entiende, es decir, reclamándola desde la conciencia de padecer situaciones que atentan contra su fuero interno. Contra el filántropo a ultranza siempre cabe dirigir esa sospecha, que desea un bien para los otros estando él mismo bien a cubierto.

    Un pensamiento incendiario no es como un incendio, se puede tener el primero acomodado en el sillón de casa o en la poltrona del sindicato o en la cátedra de la universidad con sólo haber sabido encender la cerilla antes de que le pidieran fuego (suele ser un gesto muy agradecido, que se lo digan a usted los que fuman puros). Pensar, cómo no, da mucho juego, y a quien sopla a buen mechero le cobija bonito agüero. Cuánto más grandilocuente y pretenciosa no suena la voz del civilizado rebelde del pensamiento que la del muecín que llama a orar al amanecer, y, sin embargo, la intención es idéntica. Sabios de todos los colores tenemos bien vestidos de ideas y de conceptos, que por decirse de sí mismos “yo me rebelo” se jactan de montar revuelos, revuelos en torno al sumidero, el sumidero del siempre-boyante. Porque éste siempre agradece su grano de oro del pensamiento (que es fuego petrificado) al súbdito fiel de Su Saber, el Siempre-rebelde y Siempre-pagado-de-sí, Bárbaro.

    Así como su insistencia en la necesidad de hacer efectiva una potencial renuncia a la propia individualidad, con la respectiva promesa de una supuesta salvación del nihilismo, un nihilismo muy sui generis si se coteja dentro del contexto en el que efectivamente se anuncia su advenimiento (no se denunciaba allá ningún “apagamiento”, sino una hiperexcitación voluntariosa y enfermiza), así como resulta, pues, una insistencia bastante condicionada por su propia individualidad, cuyas motivaciones últimas se nos ocultan, enmascarando las contradicciones que delatarían los capciosos fines que se solapan tras ellas, bien egocéntricas por cierto,
    destaca ahora la voluntad de obturar toda posible respuesta asociando a una erudita conformidad retórica muy ensayada los efectos perturbadores de una cancelación premeditada de la reciprocidad. El rictus de un rostro marcado por el resentimiento y la inquina que se solaza en la vanidad y la capacidad de merodear cobijado en la proclama gregaria del alborotador multitudinario rancio y pasado de rosca. Fantomas merodeando por los tejados alzando el paracuello y el antifaz con pústulas gangrenosas y un orificio fecal en la frente. Ser asesino es el deleite del dictador victorioso, cuando no quedan en la noche más ecos de aquellas indecencias, y la seguridad burguesa del revolucionario melancólico que añora su gran pasado, que es siempre el gran pasado, y nos trajo tanta delicia sin cuento y sin arrepentimientos.

    Permítame que insista en transmitirle algunas dudas que me asaltan tras la lectura de sus comunicaciones, puesto que me resultan bastante chocantes, y me rompen los esquemas inopinadamente. Me siento tan violentado por esas afirmaciones, que no puedo por menos que intentar dar fe de mi exasperación.
    Nos pide que subordinemos nuestro instinto de supervivencia a una dignificación que pasa para su desarrollo por el sacrificio de la propia individualidad, no forzados por unas u otras circunstancias que pudiesen volver preferible esa posibilidad, sino por principio, porque así lo exigiría una supuesta naturaleza que nos dotaría para una potencialidad espiritual específica, aquella que efectivamente se manifiesta en ciertas personalidades que, optando por esa vía nada ordinaria, atestan con sus producciones unas posibilidades de enriquecimiento espiritual envidiables, haciéndonos creer que tales singularidades no son tan extraordinarias como damos en suponer, sino ocasión para una recreación humana perfectamente regularizable una vez satisfechas las condiciones apropiadas. Nos anima usted a renegar de nosotros mismos como individuos y a asumir en nuestras personas una representatividad genérica, la de una humanidad cuyos vestigios evolutivos informan de una serie de propiedades específicas, abstraídas de sus avatares concretos, en aras de una supuesta optimización de nuestras posibilidades evolutivas impersonales. La propia supervivencia y la instintiva tendencia a perseverar en nuestro ser le parecen a usted desdeñables, simples contingencias perfectamente marginables siempre y cuando la renuncia quede sellada por una no menos forzosa entrega a las virtualidades que caracterizarían indistintamente a nuestra especie.
    Lo dicho, todo esto me parece brutal, y me sorprende la convicción y la frialdad con la que se nos trata de adoctrinar mediante tales despropósitos.

    La vinculación animal al entorno, incluyendo dentro del mismo a otros animales, tanto de la misma especie como de otras distintas (distinción que invita a incluir entre los procesos intelectivos animales algunos de una categoría que no se dejan abarcar dentro de la especificaciones propuestas aquí; y así cabe decir que un loro nunca se apareará con un perro, por ejemplo, ni un pájaro ensayará su canto ante una serpiente, por poner otro ejemplo, lo cual induce a pensar que sí que se dan ciertas diferenciaciones específicas entre los animales), dando por válido el supuesto de que toda vinculación animal al entorno se reduce a la percepción (no indistinta) de individuos, y que, por otro lado, su entidad se reduce a la que la especie como tal le ofrece, careciendo pues de individualidad tal y como caracteriza al ser humano, señalada primordialmente por la experiencia de la muerte; todo ello, pues, no implica para nada que, por ser un tipo de discernimiento característico de las especies animales, no integre a la especie humana, de modo que pudiera falazmente admitirse que en su caso nunca hay relación no mediatizada por ideas, a saber, aquellas mediante las cuales la otredad no se especifica sino reducida a individualidades. Es a esta última clase de relaciones a las que se aplican los nombres propios, de modo que una función muy específica del lenguaje se ocupa justamente de dar relevancia a esa significación, que no es tal estrictamente hablando, puesto que remite a una sustancia no categorizable, a ubicaciones en el entorno tan distintivas como las que facultan al perro o al loro para sus menesteres vitales. Lo que se sigue de esta animalidad genérica, no específicamente humana, no es pues una cerrazón egotista sino una apertura a los otros no subordinada a los condicionamientos de la especie y abocada a relaciones igualmente incondicionadas, tales cuales caracterizan a los individuos en sus relaciones inmediatas. Esta individualidad nunca es de hecho irreductible, conforma por el contrario un universo pasional, de modo que su neutralización no puede ser experimentada sino como amenaza, y de hecho toda superfetación excesiva de la razón produce monstruos, empezando por aquellos mismos que se sienten tentados a proceder en consecuencia. La figura del Gran Inquisidor es muy significativa al efecto, y lo temible llega con la proliferación de los pequeños grandes inquisidores de cualquier jaez.

  14. Miguel Angel Unanua dice:

    He estado ojeando algunas de sus notas, y quisiera transmitirle mi humilde opinión, con la esperanza de que se me dé venia. Le confieso que no todo lo que usted escribe está al alcance de mi comprensión, pero me ha parecido entender que persiste en la idea de que hay cierta continuidad natural entre esos análisis de alto standing científico y otros pensados más a propósito para personas no tan avanzadas, e insiste usted también en hacernos creer que este hecho es accidental, y no tiene mayor trascendencia, de modo que parece sentirse justificado para apoyar sus juicios en tesis de valor universal y trasladar a la generalidad el fomento de sus propias inquietudes personales y profesionales. Pues bien, para decirle a usted la verdad, me parece que con toda su buena voluntad marra un poco en sus creencias.

    Por expresarle mi sentir de forma llana y directa, confiando en que mi incapacidad para manejos conceptuales de arraigo académico y erudito no entorpezca demasiado la exposición, he de confesarle de entrada que me siento un poco embaucada, me parece usted insincero tras ese velo de altruismo que nos tiende ante los ojos. Recuerdo al respecto aquello que relató acerca de la noche que siguió a un examen que para su futuro profesional significó mucho, dando a entender que allí se decidió algo muy importante, demorándose por ello en dar detalles atinentes al transcurso de la misma: tras una celebración medio sacra en el interior de un templo, se da su mirada de bruces al abandonar el mismo con un espectáculo que le afecta íntimamente, ve trabajar sobre unos andamios a un grupo de inmigrantes magrebíes. Se da usted cuenta ahora que en aquella ocasión bien hubieran podido turnarse los papeles, tocándole a usted subirse al andamio y al magrebí subirse a la cátedra; que, en el fondo, nada decide de sus respectivas posiciones sino la mejor o peor suerte. Y he de confesarle que esto último no me entra en la mollera, pasando a exponerle a continuación las razones.

    En primer lugar, me extrañó leer que aquellos obreros de la construcción (a los que usted mostraba entonces su solidaridad, como sigue usted mostrándosela ahora, por partida doble, por ser trabajadores a destajo y por ser inmigrantes) no gozaban de acceso al mundo del espíritu, siendo eso lo que usted se estaba jugando. Pero permítame hacerme unas preguntas retóricas: ¿no hace falta espíritu para echarles piropos a las transeúntes (como recordó alguien que añadió un comentario a su nota)? ¿no había espíritu en la tonadilla que cantaba aquel otro? (esto último me lo saco de mi propia manga, porque parece que aquella mañana no estaban de humor aquellos hombres, o hechizados sus ojos ante el tupido velo de aguanieve, impidió su visión inspirada que le llegase a los oídos el entrañable son). ¿Tenían vedado realmente el acceso al espíritu? ¿Pero no quedamos en que estar empapados de lenguaje nos empapa de espíritu? ¿De qué lenguaje se trata, o de qué espíritu? ¡He aquí la cuestión!

    Yo opino que una cosa es hablar, que es lo que hacemos todo el mundo, y que otra cosa muy distinta es razonar, a lo cual no todo el mundo le tiene la misma afición, y añado por mi cuenta una deducción, a saber, que es a esto último a lo que usted se refería con la palabra “espíritu” en aquella confesión de compungida unción, porque se supone que pasar aquel examen era la condición para que aquellos magrebíes se espiritualizasen. Me quedó la sospecha, además, de que usted daba a entender que condición de ese acceso al espíritu era acceder a determinadas condiciones laborales, las cuales no podían ser idénticas evidentemente. De modo que ¿qué decide usted por solidaridad?, pues reivindicar la filosofía como aspiración universal, que el filósofo no se piense que él es alguien especialmente dotado sino alguien con suerte, lo cual conlleva la lucha contra el elitismo, es decir, contra la suposición de que el interés filosófico es propio y singular de algunas lumbreras, y no de todo quisque, y que el hombre con suerte nunca ha de olvidar y siempre ha de tener presente al hombre sin suerte, y la volubilidad de su propia condición. ¿Es así o me equivoco, señor Víctor? ¿No reivindica usted mediante esa reivindicación una profesión junto con una profesión de fe?

    Con ese convencimiento igual puede usted denunciar la usura del capitalista o la rapiña a la que se somete al campesinado, y solazarse congratulado al mismo tiempo en enseñar la teoría de la relatividad restringida, porque pertenecen a idéntico predio, el de la humanidad en su esencial condición. ¿Que el campesino u obrero no comprenden? ¡No será porque sea inasequible para su cacumen! Función propia del filósofo será atinar con la pedagogía adecuada, y la de aquellos otros la de ponerle arrestos y no ser tan perezosos y asténicos… ¡que se juegan su SER!

    Yo le confieso sinceramente, querido Víctor, que así como se distinguen el habla y el raciocinio se distinguen, para mí, el carpintero y el matemático, el encofrador y el físico; y que unos opten por sí mismos por el estudio de la teoría cuántica y otros por la partida de mus, cada uno agraciado con la carga de espiritualidad correspondiente y que libremente asume. Y creo que en esto Aristóteles me daría a mí la razón, pues insistió especialmente en lo último, no en aquello que usted con tanta obcecación se cree. Elitista es quien se arroga para sí una representación universal, no quien se siente a sí mismo atraído por una actividad que efectivamente le exclusiviza, diferenciándole de los demás y que, en el caso de la afición por el conocimiento, le recluye entre una minoría de afortunados (o de desafortunados, según se mire, o según les dejen vivir y mejorar sus condiciones de vida sin padecer rapiña y agresiones reivindicativas). Elitista es quien se siente llamado a reorganizar y henchir el mundo de su propio espíritu en lugar de tomarlo como es y hacerse un hueco apropiado a él mismo; elitista es quien adopta el imperativo moral como máxima de acción imponiéndola como tendencia tiránica.

  15. Miguel Angel Unanua dice:

    No encuentro mejor nombre que el de “truculencia” para calificar la serie de post que en su blog va colgando últimamente nuestro benemérito Víctor Demetrio Gómez Pin. En todos ellos destaca su empeño por justificar machaconamente la serie de afirmaciones salidas de tono que en forma de tesis resumen sus elucubraciones más radicalizadas. En esta ocasión (5-1-2017), siguiendo a la anteriormente mentada, en la cual el objetivo a cumplir era enmascarar retóricamente su defensa ante la acusación, vertida sobre él, de amparar un mesianismo de cuño postmarxista, mediante el expediente de presentar un contexto en el que el mismo fuere contrarestado aduciendo un posicionamiento contrario, como era el de apostar por una idea de progreso convenientemente aderezado de positividad y enfrentado a un mesianismo de corte declaradamente doctrinal (el del Judío Esperanzado); en esta ocasión, pues, el objetivo a cumplir es el de justificar su desmelenada afirmación de que casos se dan (y del caso a la generalización, en el caso probadísimo del Pin, hay un nimio trecho), en que el “animal humano” desea antes la muerte que consentir en la dejación de su naturaleza, que consistiría en perseverar en su ser de razón. La hinchazón del globo especulativo es menos dolorosa que la de los huevos, que al Pin le sobran (de sus cojones ya dijo alguien que los tenía más grandes que el caballo de Espartero), pero ello no obsta para que nos veamos en la obligación de denunciar su extremada tendencia a la literatura filosófica, ahí donde sus carencias dialécticas, su enervadísimo narcisismo, alcanzan el punto de ebullición, o colapso, al cual debe todo su fervor su beoda inspiración: Usía le dice a Manía: ¡guárdame!… y el Pin se masturba mentalmente… porque lo que es de semen muy poco le queda, por muy eidético que pretenda ser.

  16. Miguel Angel Unanua dice:

    Sobra decir que la supuesta demostración (porque no pasa de ser un alarde literario más, tan habituales en él, tanto que marca ya estilo: la fashion Pin), vendría a ilustrar su Idea de que la dedicación al conocimiento o a la simbolización puede llegar a ponerse por encima del aprecio por la propia vida.

  17. ETA dice:

    Que la ostentación de poder universitario no impida a la verdad proclamar la transparencia dialéctica: que mueran, que muerdan el polvo, si no loS patrones del Movimiento, sus cachorros, sus advenedizos, los herederos de la Memoria Superlativa de quienes los parió!!! La zorra sibilina de Azua, el hueso Víctor Demetrio Gómez Pin, la cariátide Lobo, la agustina de Zamora, ella gatuna Javier Echeverría Ezponda, la pareja de etarras Lurdes Auzmendi Aierbe y Oscar González Gilmas, las invisibles Mary Sol de Mora Charles y Virginia Careaga, etc. etc. Que la sombra del Dios que los parió, Dios revolucionario, Dios de la Oportunidad Descarada, anegue su memoria y los pudra en la vergüenza que les falta. Cochinos puercos hijos de puta!!!

  18. ETA dice:

    la larva es algo que en su ttimepo, allá por la época de la gloriosa Zorroaga, le rascaba bastante la moral de la entrepierna a Vístor Demetrio Gónmez Pin. El se lo hizo como bien supo, que fue reivindicando su excelencia filosófica, con la mirada dirigida al frente, como aconsejaba la rebelión y la lucha por la dignidad universal.

  19. ETA dice:

    Agustín García Calvo, tampoco tú te vas a librar de la abyección: ¡vieja jefa de la piara licenciosa y populachera! De qué color es vuestra pasta, anticapitalistas!!! Cuanto gana todavía tu mujer, lo que se sumaba a lo que ganabas tú, ambos a cuenta del Estado, funcionarios!!! No os da vergüenza, sinvergüenzas!!! Qué tajada se sacaba el Lobo por pasearse luciendo palmito!!! Qué tajadas (en plural) se saca el histriónico Víctor Demetrio Gómez Pin!!! Baraja de puercos!!!!

  20. ETA dice:

    ¡¡¡Cerdísimos podridos universitarios!!!

    • Delphia dice:

      I’ve been exploring for a little bit for any hihluq-agity articles or blog posts in this sort of space . Exploring in Yahoo I at last stumbled upon this site. Reading this info So i’m satisfied to express that I have a very good uncanny feeling I came upon exactly what I needed. I such a lot without a doubt will make certain to don?t disregard this website and provides it a look regularly.

    • Yeah, this was super painful. I did not finish it. I couldn’t even bring myself to skim through the rest of it.“…but I wander off topic.”- Word.VA:F [1.9.21_1169](from 1 vote)

  21. Miguel Angel Unanua dice:

    Excelente ejemplo de la manera en que Pin cuela trasnochada ideología, falsa por contradictoria, e incoherente por muñidora, el de su último blog (17/6/2017). Oponer “la rebelión fascista en España” a “la resistencia del pueblo español”, como si constituyesen frentes sin común denominador (un “pueblo” enfrentado a un “no-pueblo”) es, primero, un desatino histórico en el que un testigo más cercano de los hechos como Antonio Machado de ningún modo cayó (eran “dos Españas”, don Pîn), e ilustra excelentemente la última novela de Mikel Azurmendi, En el Requeté de Olite; y es, en segundo lugar, una prueba de retorsión sofistica y doblez discursiva, de esas que en su momento detectó el joven Aristóteles; y no da fe de otra cosa que de su engreído sabelotodismo, dado últimamente al relato de filonovelas.

Responder a Miguel Angel Unanua Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *